Los pueblos malagueños de Ardales y Álora

El Caminito del Rey, ya comentado en el anterior post, no fue el único objetivo de nuestra escapada. Además, aprovechamos para visitar dos pueblos cercanos, ambos con un estilo nítidamente andaluz y malagueño: Ardales y Álora.

ARDALES Y SU PEÑA

El sábado, antes de llegar al hotel (situado en El Chorro) nos desviamos a Ardales para dar un paseo y comer allí. Ardales cumple perfectamente con el paradigma de pueblo blanco andaluz, con sus calles empinadas, adornadas con macetas de flores, y con su iglesia en todo lo alto. Se le podría considerar una versión humilde de Casares o Frigiliana, que son quizá mis dos pueblos preferidos de la provincia de Málaga.

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En Ardales se percibía que la reciente popularidad del Caminito había dado mucha vida al pueblo, sobre todo en cuanto a sus bares y restaurantes. Pero además creo que es un lugar que merece atención en sí mismo, y que vale la pena conocer.

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Lo único que pudimos visitar por dentro en Ardales fue la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, un bello edificio que tiene una historia que se remonta a 1468, justo después de la reconquista cristiana. Sobre estos y otros detalles nos habló Juan, un guía local que acoge a los visitantes y les enseña la iglesia con amabilidad y simpatía.

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Justo al lado de la iglesia estaba el acceso a la Peña de Ardales, donde todavía quedan algunos restos del castillo musulmán. Lamentablemente, solo es visitable a algunas horas muy determinadas, y no pudimos entrar.

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Irene, en un rincón del pueblo
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Yo en Ardales, con muchas flores

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Para acabar la visita a Ardales, nos acercamos (ya con el coche) a la Ermita del Calvarioo, una pequeña y humilde capilla que domina el domina el pueblo sobre una loma, ofreciendo una estupenda panorámica del núcleo urbano y de los alrededores.

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ÁLORA «LA BIEN CERCADA»

Si Ardales es interesante, Álora lo es aún más. Es un pueblo relativamente grande y con mucha historia y patrimonio: en el Romancero Viejo se hablaba de Álora como «la bien cercada», ponderando sus murallas y defensas. Y es que Álora se encontraba justo en la frontera entre el reino cristiano y el nazarí, de forma que ha conservado hasta la fecha esa doble herencia cristiana y árabe.

Al llegar a Álora recorrimos en coche toda la carretera que da la vuelta al pueblo, contemplando su estupenda situación en un alto sobre el valle del Guadalhorce.

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Ya a pie comenzamos el paseo dirigiéndonos a la Ermita del Calvario (llamada igual que la de Ardales), que se sitúa en el extremo de una de las colinas sobre las que se asienta Álora. Un poco más abajo del pequeño parque que hay junto a la ermita, descubrí una estupenda vista del pueblo y la vega circundante.

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Volviendo sobre nuestros pasos, llegamos hasta el centro del pueblo, situado en torno a la Plaza Fuente Arriba. Luego continuamos por la calle La Parra, adentrándonos en lo que fue el casco antiguo de la localidad. En la Plaza Baja encontramos la imponente Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, gran edificio renacentista que, sin exagerar, tiene dimensiones propias de una catedral. Desgraciadamente, estaba cerrado y no pudimos entrar. También en esta plaza nos asomamos al Mirador de Cervantes, una especie de balcón que se asoma al cortado rocoso que limita al pueblo.

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Desde ahí emprendí la subida al castillo mientras Irene y Martina me esperaban en la plaza. Subí por la Calle Ancha, quizá la más bonita del pueblo, con sus tiestos con macetas y sus vistas sobre la vega y el propio castillo.

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Una vez más, me encontré que ya habían cerrado el monumento, y eso que no eran más que la 5:30 de la tarde. Por lo tanto me dediqué a callejear un poco más, encontrando por ejemplo unos caballos sueltos a la espalda del castillo.

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La visita a Álora no se alargó mucho más. Fue suficiente, en cambio, para apreciar el valor de este pueblo, en el que lo único que eché de menos es un horario un poco más amplio para poder visitar sus monumentos.

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